Hace unos días se publicó en Jot Down el artículo El éxodo negro de la televisión inglesa, escrito por Jesús Morales. Lo pueden leer aquí. 
En el artículo se habla del éxodo de actores ingleses negros hacia los EE UU. La tesis de Morales es que esos actores se marchan de su país porque son víctimas del racismo. También se habla en el texto de esa moda que consiste en poner a actores negros a interpretar personajes blancos. Por ejemplo, David Oyelowo interpretando a Enrique VI en una obra de la Royal Shakespeare Company. O Idris Elba interpretando al dios nórdico Heimdall en la película Thor. Y la cosa tiene cojones, porque Heimdall es descrito en la mitología vikinga como “el más blanco de los dioses” (“el más brillante”, según otras traducciones). El mismo Idris Elba suena como nuevo James Bond en sustitución de Daniel Craig cuando este finalice su contrato. La mencionada moda incluso tiene nombre: colour-blind casting. El colour-blind casting consiste teóricamente en darle el papel al mejor actor independientemente del color de su piel. En la práctica supone la traslación al cine de la discriminación positiva: no existen prácticamente ejemplos de actores blancos interpretando papeles de negros, pero sí muchos de lo contrario. La conclusión de Jesús Morales es que el color de la piel no cambia la esencia del personaje, sino sólo su apariencia. Según Morales, el cambio de sexo del personaje no tendría justificación alguna, pero sí la tendría el cambio del color de su piel. 
Habría que preguntar cuál es exactamente la diferencia y por qué el sexo es una característica más intrínseca que el color de la piel, dado que las dos vienen dadas genéticamente y no pueden ser en principio modificadas más que por medio de costosos tejemanejes médicos. A fin de cuentas, es la izquierda la principal defensora de esa teoría que dice que el sexo es un constructo social y no algo determinado por nacimiento, por lo que no alcanzo a comprender por qué no podría serlo también el color de la piel. Puestos a argumentar tonterías, llevemos la tontería hasta su corolario lógico. Pero bien: aceptemos pulpo como animal de compañía. 
Aunque lo interesante son los comentarios al pie del artículo. Especialmente los dos que encabezan este post. 
Ya ven: el primer lector se pitorrea del colour-blind casting y pide que los papeles de personajes negros, como por ejemplo el de Nelson Mandela, también sean interpretados por blancos. O por mujeres. El segundo lector le afea el comentario y contesta que la característica principal de Nelson Mandela es su lucha por los derechos de su raza, de lo que se deduce que no tendría sentido que su personaje fuera interpretado por un blanco. 
Analícenlo bien. El primer lector está comprando la tesis del artículo, pero pide que las reglas sean iguales para todos, negros o blancos. Si un negro puede interpretar a Enrique VI, ¿por qué no puede un blanco interpretar a Miles Davis, Barack Obama o Lewis Hamilton? El segundo lector está diciendo, lisa y llanamente, que los negros se definen por su negritud. Según este lector, la negritud de un negro es una característica tan irrenunciable, tan definitoria de su persona, que ningún otro rasgo, ninguna de sus obras o de sus acciones, nada que haya creado o hecho a lo largo de su vida, pasará por encima del color de su piel. Miles Davis no es un músico: es un negro que hacía música. Barack Obama no es el actual presidente de los EE UU: es el primer negro presidente de los EE UU. Y Lewis Hamilton es el primer negro que pilota un F1. Así que los personajes blancos pueden ser interpretados por actores de cualquier color porque su entidad como seres humanos, sus logros y sus méritos, aquello que los eleva por encima del resto de los seres humanos, pasa por encima del color de su piel. Los negros son negros hasta el día del Juicio Final, unos seres condenados a ser tan sólo el soporte físico de su exquisito pellejo negro. 
Para este racismo de izquierdas, del que muy pocos por cierto son conscientes, Nelson Mandela no es un ser humano que luchó contra la discriminación: es un negro que luchó por los negros. Nelson Mandela, en definitiva, es tan negro que su papel no podría ser interpretado por un blanco. Los negros no pueden escapar de su negritud. 
Es más, para este racismo de izquierdas, los negros no DEBEN escapar de su negritud porque si lo hicieran se convertirían en seres humanos corrientes y molientes. ¡Serían iguales que los blancos! Y lo que es peor, perderían el que es su único valor a ojos del progresismo: su estatus como símbolos de la resistencia contra la blanquitud. 
Es decir que para la izquierda los negros son… intrínsecamente negros. Y a joderse tocan. Tanta lucha contra la discriminación de los negros para que vengan a última hora tus supuestos aliados y te digan que tú no eres un ser humano como los demás, uno de esos para los que el color de la piel es una característica tan anecdótica como el número de pie. Tú eres negro y a callar, que no sabes lo que te conviene. El blanco sabe lo que te conviene. Todo por el negro, pero sin el negro. 
Así que ¿quién es aquí el racista? ¿El lector que pide igualdad para todos los seres humanos y que nos dejemos de hostias o el lector que dice que algunos de esos seres humanos, y muy especialmente los negros, no tienen entidad como seres humanos más allá de los límites determinados por el color de su piel?
En realidad, es tan absurdo poner a un negro a interpretar a Napoleón como poner a un blanco a interpretar a Nelson Mandela. En la televisión y el cine ese recurso sólo tiene dos objetivos: provocar o aportar un matiz surrealista a la historia. Y eso porque, como es evidente, la suspensión de la incredulidad que se requiere para ver una película o una serie de TV sin levantarse de la silla a los cinco minutos no es infinita, sino que tiene sus propios límites. Y muy precisos, por cierto. En realidad, la mencionada suspensión de la incredulidad no es más que la sustitución de las reglas a partir de las cuales analizamos la realidad por otro conjunto de reglas específicas del género de la película que vamos a ver: el cine de terror tiene unas reglas perfectamente delimitadas. El cine bélico tres cuartos de lo mismo. Etcétera. 
Así que si James Bond es negro yo quiero ver a un Shaft interpretado por Ryan Gosling. Qué cojones. Y lo contrario es racismo. 

Hace unos días se publicó en Jot Down el artículo El éxodo negro de la televisión inglesa, escrito por Jesús Morales. Lo pueden leer aquí.

En el artículo se habla del éxodo de actores ingleses negros hacia los EE UU. La tesis de Morales es que esos actores se marchan de su país porque son víctimas del racismo. También se habla en el texto de esa moda que consiste en poner a actores negros a interpretar personajes blancos. Por ejemplo, David Oyelowo interpretando a Enrique VI en una obra de la Royal Shakespeare Company. O Idris Elba interpretando al dios nórdico Heimdall en la película Thor. Y la cosa tiene cojones, porque Heimdall es descrito en la mitología vikinga como “el más blanco de los dioses” (“el más brillante”, según otras traducciones). El mismo Idris Elba suena como nuevo James Bond en sustitución de Daniel Craig cuando este finalice su contrato. La mencionada moda incluso tiene nombre: colour-blind casting. El colour-blind casting consiste teóricamente en darle el papel al mejor actor independientemente del color de su piel. En la práctica supone la traslación al cine de la discriminación positiva: no existen prácticamente ejemplos de actores blancos interpretando papeles de negros, pero sí muchos de lo contrario. La conclusión de Jesús Morales es que el color de la piel no cambia la esencia del personaje, sino sólo su apariencia. Según Morales, el cambio de sexo del personaje no tendría justificación alguna, pero sí la tendría el cambio del color de su piel. 

Habría que preguntar cuál es exactamente la diferencia y por qué el sexo es una característica más intrínseca que el color de la piel, dado que las dos vienen dadas genéticamente y no pueden ser en principio modificadas más que por medio de costosos tejemanejes médicos. A fin de cuentas, es la izquierda la principal defensora de esa teoría que dice que el sexo es un constructo social y no algo determinado por nacimiento, por lo que no alcanzo a comprender por qué no podría serlo también el color de la piel. Puestos a argumentar tonterías, llevemos la tontería hasta su corolario lógico. Pero bien: aceptemos pulpo como animal de compañía.

Aunque lo interesante son los comentarios al pie del artículo. Especialmente los dos que encabezan este post. 

Ya ven: el primer lector se pitorrea del colour-blind casting y pide que los papeles de personajes negros, como por ejemplo el de Nelson Mandela, también sean interpretados por blancos. O por mujeres. El segundo lector le afea el comentario y contesta que la característica principal de Nelson Mandela es su lucha por los derechos de su raza, de lo que se deduce que no tendría sentido que su personaje fuera interpretado por un blanco. 

Analícenlo bien. El primer lector está comprando la tesis del artículo, pero pide que las reglas sean iguales para todos, negros o blancos. Si un negro puede interpretar a Enrique VI, ¿por qué no puede un blanco interpretar a Miles Davis, Barack Obama o Lewis Hamilton? El segundo lector está diciendo, lisa y llanamente, que los negros se definen por su negritud. Según este lector, la negritud de un negro es una característica tan irrenunciable, tan definitoria de su persona, que ningún otro rasgo, ninguna de sus obras o de sus acciones, nada que haya creado o hecho a lo largo de su vida, pasará por encima del color de su piel. Miles Davis no es un músico: es un negro que hacía música. Barack Obama no es el actual presidente de los EE UU: es el primer negro presidente de los EE UU. Y Lewis Hamilton es el primer negro que pilota un F1. Así que los personajes blancos pueden ser interpretados por actores de cualquier color porque su entidad como seres humanos, sus logros y sus méritos, aquello que los eleva por encima del resto de los seres humanos, pasa por encima del color de su piel. Los negros son negros hasta el día del Juicio Final, unos seres condenados a ser tan sólo el soporte físico de su exquisito pellejo negro.

Para este racismo de izquierdas, del que muy pocos por cierto son conscientes, Nelson Mandela no es un ser humano que luchó contra la discriminación: es un negro que luchó por los negros. Nelson Mandela, en definitiva, es tan negro que su papel no podría ser interpretado por un blanco. Los negros no pueden escapar de su negritud.

Es más, para este racismo de izquierdas, los negros no DEBEN escapar de su negritud porque si lo hicieran se convertirían en seres humanos corrientes y molientes. ¡Serían iguales que los blancos! Y lo que es peor, perderían el que es su único valor a ojos del progresismo: su estatus como símbolos de la resistencia contra la blanquitud.

Es decir que para la izquierda los negros son… intrínsecamente negros. Y a joderse tocan. Tanta lucha contra la discriminación de los negros para que vengan a última hora tus supuestos aliados y te digan que tú no eres un ser humano como los demás, uno de esos para los que el color de la piel es una característica tan anecdótica como el número de pie. Tú eres negro y a callar, que no sabes lo que te conviene. El blanco sabe lo que te conviene. Todo por el negro, pero sin el negro.

Así que ¿quién es aquí el racista? ¿El lector que pide igualdad para todos los seres humanos y que nos dejemos de hostias o el lector que dice que algunos de esos seres humanos, y muy especialmente los negros, no tienen entidad como seres humanos más allá de los límites determinados por el color de su piel?

En realidad, es tan absurdo poner a un negro a interpretar a Napoleón como poner a un blanco a interpretar a Nelson Mandela. En la televisión y el cine ese recurso sólo tiene dos objetivos: provocar o aportar un matiz surrealista a la historia. Y eso porque, como es evidente, la suspensión de la incredulidad que se requiere para ver una película o una serie de TV sin levantarse de la silla a los cinco minutos no es infinita, sino que tiene sus propios límites. Y muy precisos, por cierto. En realidad, la mencionada suspensión de la incredulidad no es más que la sustitución de las reglas a partir de las cuales analizamos la realidad por otro conjunto de reglas específicas del género de la película que vamos a ver: el cine de terror tiene unas reglas perfectamente delimitadas. El cine bélico tres cuartos de lo mismo. Etcétera.

Así que si James Bond es negro yo quiero ver a un Shaft interpretado por Ryan Gosling. Qué cojones. Y lo contrario es racismo. 

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  1. elpandemonium ha publicado esto